¿Te imaginas las risas que se echarían algunos allá por la Edad Media -elige tú qué siglo de toda ella- si alguien les dijera que el ser humano podría llegar a la luna? ¿O simplemente volar? ¿Te imaginas el pavor que en el siglo XVI despertaría la idea de música saliendo sola de un aparato? O sin necesidad de ir tan atrás, cuántas cosas que hoy tenemos perfectamente asimiladas, hace un siglo serían especulaciones y motivo de incredulidad: las telecomunicaciones, la velocidad, el microondas, Internet, o los avances de la medicina.
Todo esto viene al hilo de un proyecto presentado recientemente en el MIT, un dispositivo llamado ALTER EGO que lee los pensamientos y responde. Aún parece aparatoso, y sus posibilidades, siendo grandes, parecen fácilmente controlables por el usuario. Abre la puerta a un mundo en el que el ser humano podría estar íntimamente conectado a Internet, consultando y recibiendo información o dando instrucciones y manejando la tecnología sin apenas mover el rostro.
Y, como todo, la cara y la cruz, las posibilidades y los peligros, las esperanzas y los miedos, pueden ir un poco de la mano. Porque al mismo tiempo que uno imagina un montón de usos bastante útiles para estas tecnologías, también se puede pensar en futuros más sombríos o con un tono más apocalíptico. Porque si esta tecnología se desarrolla más y se puede llegar a utilizar para espiar a las personas, ¿podría llegar un momento en el que ni nuestros pensamientos fueran privados? O, aunque no sea eso, de nuevo, ¿puede ocurrir -como de hecho ya ocurre- que los avances científicos y tecnológicos queden siempre -al menos de entrada- solo al alcance de los más privilegiados, que son quienes pueden pagar por ello? ¿No seguimos, así, ensanchando las brechas de la desigualdad al proporcionar cada vez más recursos y herramientas a unos pocos? ¿Es inevitable? ¿Será siempre este el camino, que las cosas empiecen como privilegio para los que pueden pagárselas, antes de convertirse en recursos más generalizables? ¿Es este, tal vez, el peaje que hay que pagar para que la investigación en tantos campos avance?
Y, cómo no, brotan las preguntas sobre los límites de la ciencia. No sobre los límites que se pueden alcanzar, sino sobre si hay límites en lo que se debe perseguir. ¿Hay alguna guía moral y ética para las decisiones y el horizonte científico? Ciertamente, vivimos en un mundo que se está transformando a pasos agigantados. Es fascinante imaginar posibilidades, descubrir avances y darnos cuenta de que, cuando menos te lo esperas, la ciencia-ficción pierde el apellido.
José María Rodríguez Olaizola (pastoralsj.org)

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