Hace ya un tiempo que he comenzado a participar como “oyente” de las reuniones de personas en rehabilitación de drogas o NA (Narcóticos anónimos). Cierto día, estando en uno de estos encuentros, me sorprendió mucho ver a una muchacha joven, de unos quince años, que al parecer acompañaba a su padre; el cual, justo ese día, ¡se encontraba celebrando un año sin consumir drogas!
Llegaba el momento de compartir testimonios de los allí presentes, en gratitud por la vida de este compañero. Un silencio nos abrazaba entre miradas cómplices… Cuando de pronto, la joven rompe el silencio con fuerza y gracia: “Papá: ¡Fui testigo de cómo a tus 40 años, lograste despertar; y, acrecentaste mis sueños!”
Espontáneamente brotaron lágrimas de emoción, y el silencio volvía a abrazarnos con aún más fuerza. Las palabras fueron un eco que interpelaban a todos: “lograste despertar; y acrecentaste mis sueños”.
¿Qué hace despertar a un hombre en esta condición? ¿Qué mueve una decisión tan radical? ¿Cómo se suscitan en nuestras vidas esos saltos tan vitales?
Este padre en algún momento de su historia tuvo que haberse experimentado “desarmado”. Bajó sus brazos y se dejó envolver por un amor que no venía de Él mismo. Dejó de pensar en su bienestar y se abrió a la vida que lo rodeaba. En algún momento los sueños de su hija, lo sacudieron. Lo liberaron de sus esquemas, y, desecho de estos, pudo despertar; recibir su abrazo que era el deseo de verlo en libertad.
Generalmente nuestras eternas adolescencias (como las de este hombre), se deben a nuestra falta de “debilidad”. De reconocer que lo que sueño y vivo, no es un proyecto que me va a satisfacer a mí toda la vida. Es dejarse abrazar por personas, situaciones, conflictos que nos interpelan día a día… Y en ese abrazo, abrazarlas. Jesús, sintió el abrazo de su pueblo; en la vida de su madre, leprosos, pecadores, publicanos, viudas, prostitutas… Por ello fue capaz de hacerse uno con su gente para acrecentar sus sueños. Tal como lo que ocasionó la decisión de este padre con su hija.
No somos niños eternamente. Somos hombres y mujeres invitados a abrirnos a un amor maduro, que por medio de nuestras acciones y decisiones, busca amar con radicalidad a una humanidad que espera nuestro abrazo.
Nunca es tarde para bajar los brazos y dejarse abrazar por la vida. Sea a los 20, 28, 40, 50 años… Es un desafío enorme. ¿Qué personas en la vida quieren hacerme sentir su abrazo? ¿A través de qué situaciones me experimento amado? ¿A qué me invitan estas personas y momentos?
Max Echeverría Burgos, SJ (pastoralsj.org)

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