Una mañana, un hombre de Dios, nada más levantarse, se puso a orar. Estaba profundamente metido en su oración, porque tenía por delante una jornada muy cargada. No tenía ninguna dificultad de detallar a Dios sobre el cómo podía estar a su lado en cada momento del día, para que él pudiera descubrir cómo lo acompañaba.
Parece ser que Dios estaba bastante ocupado y escuchaba distraídamente la oración de este hombre de Dios. Pero ante tanto fervor, decide enviar su ángel para espabilar a su fiel creyente:
– Ve a la tierra y dile a mi hijo: « ¡Para de explicar a Dios cómo tiene que hacer! »
Cuando el hombre oyó este murmullo del ángel, pensó, en un primer momento, que era una broma…  Pero, al final tuvo que rendirse ante la evidencia y reconocer que no había sido una distracción, pues su jornada se desarrolló de una manera totalmente diferente a cómo la había imaginado… Si Dios hubiera actuado como él se lo había indicado, según sus deseos, en la oración de la mañana ¡se habría sentido completamente abandonado!
 

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